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Libro "Cuando un Hijo se declara Homosexual:  Intervenciones terapéuticas en la Familia"  (2011)

Cada día más están llegando a la consulta personas afligidas por la revelación de una orientación gay o lesbiana de un hijo o hija. 

Cómo, qué hacer, qué se debe saber, qué temas tocar, y con quiénes...

Estas son preguntas frecuentes que surgen ante tan delicada situación, y este trabajo busca justamente responderlas y guiar en el camino a seguir. 

 

El libro comienza haciendo una revisión histórica de la temática homosexual en el mundo:  en el ámbito sociocultural, en el médico-psiquiátrico, y en particular en Chile. 

Luego busca orientar al terapeuta, como también al hijo y a su familia (especialmente a los padres), en una comprensión respetuosa de las vivencias y crisis que puedan o no generarse.
Y finalmente, sugiere estrategias prácticas para una adaptación al cambio de la familia y su hij@, y para una terapia individual y conjunta. 

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Artículo "El poder de las Flores de Bach" en Revista Bienestar y Salud  (2019)

Mi artículo para Revista Bienestar y Salud sobre Flores de Bach Junio 2019.jpg

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Artículo "Más allá del amor romántico:  Completando la media naranja"

(Artículo editado en junio 2013, de su original publicado en marzo 2012)

Para nadie es novedad que nuestra sociedad ha ido cambiando y que la visión y vivencia del amor y la sexualidad es hoy bastante distinta de la que tenían nuestros padres.  Para qué decir nuestros abuelos, y por supuesto nuestros hijos...  Todos hemos ido siendo testigos y a la vez actores de los cambios del discurso sobre amor y sexo,  y de la práctica sobre estos temas.

Ya no es algo que miramos desde lejos, como aconteciendo en el extranjero.  Es también un fenómeno presente en Chile.  Comenzando con la llegada de los métodos anticonceptivos al país a mediados del siglo XX, pasando por las revoluciones sociales y posterior democratización del poder,  derivamos en una mayor igualdad de roles de género,  la transformación de la estructura familiar,  y hasta la legalización del divorcio.  Asimismo, está ocurriendo una mayor apertura ante la diversidad sexual, y -cómo no- una globalización de la información tan evidentemente reflejada en la actualidad en un medio como Internet.  A cualquiera que uno le pregunte,  va a responder “sí, las cosas han cambiado”,  pero ¿cómo han cambiado?

 

 

Ya en 1992 el sociólogo británico Anthony Giddens formulaba que el modelo que ha venido imperando en la sociedad moderna es el del amor romántico, y este modelo ha sido justamente por siglos el fundamento del matrimonio y la monogamia, sobre todo en la cultura occidental.

 

De seguro todos conocemos un sinnúmero de películas donde el o la protagonista corre tras su amor  (hago la distinción de género, porque décadas atrás habría sido casi impensable ver en el cine a una mujer corriendo tras "su" hombre...).  Probablemente corre por un aeropuerto, mientras el "solo y único amor de su vida" está abordando un vuelo que,  de tomarlo o no,  definirá si podrán casarse y seguir juntos "para el resto de sus vidas";  y sellando con el beso final  -como en el mejor cuento de hadas-  un Fin o The end que versará el clásico "y vivieron felices para siempre".

Se escuchan los suspiros en la sala...  pero, ¿y qué pasa con la audiencia si el protagonista se va en ese avión para no volver? 
Los estudios han demostrado que entonces el público no aprueba la película y ésta se torna un fracaso.

 

 

Canciones con letras como "no puedo vivir sin tu amor" o "dejaría todo por ti",  también nos resuenan a este amor romántico, idealista, pero que más bien parece bastante sufrido y hasta aterrador.  Aah sí... la famosa media naranja.

¿No es angustioso acaso sentir que hay una sola persona en el mundo entero para amar y ser correspondidos?  ¿Una sola entre tantos millones???!

Y qué pasa si esa persona se fue en ese avión y ya no está aquí para "completarnos"...  Entonces, ¿nos quedaremos a la mitad, con la constante sensación de carencia o falta??!  No.  Ese no puede ser el amor que tanto anhelamos...

 

 

Claro.  En un comienzo, en la etapa del enamoramiento, ésa de las "maripositas en el estómago",  sentimos gran deseo y atracción hacia el otro. Nos encanta todo de esa persona, queremos verla o escucharla a menudo, estamos ansiosos por el próximo encuentro... Pero -y lamento echar a perder el romanticismo de la escena-  interiormente lo que está ocurriendo a nivel corporal y cerebral,  es un estado de alerta y de distorsión de nuestra capacidad de juicio donde no podemos efectivamente conocer al otro en su realidad.  Sólo vemos una parte (además, nunca será posible verla toda),  y de ésa, hay gran parte que nosotros mismos estamos proyectando en el otro:  eso que queremos que el otro sea, y que luego nos va a despertar el deseo y la sensación de complemento de lo que creemos que "nos falta".

 

Con lo anterior no quiero decir que este amor romántico no sea vivido subjetivamente como real en el momento.  Y tampoco que esta experiencia no pueda llevar eventualmente a un amor más consolidado.  Pero ciertamente es en lo que Giddens llamó amor confluente donde tenemos más posibilidades de sentir satisfacción y plenitud.

 

 

Según el autor, el amor romántico vuelve a la persona dependiente de otro,  tal como a la mujer por siglos la volvió dependiente del matrimonio y de encontrar "al solo y único macho" como vía exclusiva para afirmar su identidad y justificar su sexualidad.   Y en el caso de los hombres, el llamado "romántico",  o bien se ve como sometido al poder femenino,  es decir, hay una inversión de la dominancia en la relación (pero no una igualdad);  o sino, se vuelve un especialista en la seducción y el donjuanismo, pero al final queda en lo mismo, dependiente emocionalmente (aunque enmascarado) de la mujer que necesita conquistar.

 

Cuando dos personas, en cambio, se acercan y unen por iniciativa propia,  y sólo sostienen esa relación en el tiempo de manera voluntaria, en la medida que ambas mantienen su interés y satisfacción no sólo afectiva sino también sexual...  Ahí hablamos del amor confluente. Deja de ser pasivo, dependiente, para tornarse activo en la apertura hacia la pareja, para mostrar la vulnerabilidad y las propias necesidades al otro.  Incluso, en la búsqueda de placer sexual recíproco,  elemento perteneciente hoy a ambos sexos,  se vuelve clave sobre si se consolida o disuelve la relación a futuro.

 

Tanto en el plano de la sexualidad como en el de la intimidad,  antes dominados por uno u otro género,  el amor confluente surge en una relación que presupone la igualdad en el dar y recibir emocional y sexual.  Y es que este modelo no depende de las diferencias sexuales, sino que reconoce los rasgos del otro y negocia la sexualidad como parte de una relación,  pero no como pre-condición.  

Es decir, lo que la sociedad actual busca ya no es tener la ilusión de una firma para siempre, un contrato de amor para toda la vida (que puede sonar tan romántico como lapidario),  sino un amor contingente,  basado en la aceptación de cada uno de los miembros de la pareja, y en una co-construcción privada de ambos actores de lo que ellos van considerando como su amor,  y que les va haciendo sentido -o no- de continuar la relación.

 

 

Ocurre que algunos ya se han desencantado del amor romántico, y ahora desde la incertidumbre, perciben los vínculos como una amenaza de fragilidad e inseguridad.  Esto puede verse reflejado hoy en el mayor número de separaciones y divorcios, cada vez menos matrimonios,  y en la multiplicidad de relaciones "alternativas" que aparecen disponibles, como los amigos con ventaja, los solteros empedernidos que van de una conquista en otra,  o las relaciones light. 

Y es que si el amor ya no es para toda la vida,  entonces  ¿qué fortaleza puede tener el vínculo?

O será que la real pregunta debiese ser  ¿qué puedo hacer yo para mantener ese amor?

 

Ya no es como en la película.  No va a ser corriendo por el aeropuerto ni detrás de un avión,  ni menos en una sola y única persona donde vamos a encontrar la intimidad emocional,  la satisfacción sexual y el amor que anhelamos.  

No,  ya dijimos que no va a ser en la proyección del propio deseo ni en la dependencia del otro.  No somos una media naranja:  somos una naranja entera.

 

 

Es cierto que podemos convertir todo en desechable si no nos satisface plenamente.  Muchas personas esperan que el amor "los llene", que "el otro me complete",  y si no lo sienten así,  entonces dicen "mi pareja no me sirve" o "esto no es para mí".  

Sin embargo, nuestro real poder consiste justamente en que podemos elegir voluntariamente a nuestra pareja, en una asociación de mutuo consentimiento, y en un vínculo de igualdad y reciprocidad.  Una relación donde podamos desplegar nuestra afectividad y erotismo, y donde podamos también ejercer nuestra libertad tanto de construirla,  como de terminarla o mantene

Al fin y al cabo,  acá no hay directores ni productores que nos digan cuándo y cómo acaba la película.  Somos nosotros mismos los actores que creamos y dirigimos la historia de la pareja.  Cómo se escriba el guión, dependerá de los dos...

 

 

 

*Giddens, Anthony (1992).  La transformación de la intimidad: sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas.  Alianza Editorial, Madrid.